20 de diciembre de 2011

EL SEMÁFORO


Emma murió en un accidente de tráfico. Para poder estar juntos nos desplazábamos cada fin de semana, en avión y en barco, porque el trabajo nos obligaba a vivir a más de 200 kilómetros de distancia el uno del otro, en dos islas diferentes. Un pequeño trozo de océano era nuestro muro de contacto, nuestra maldita carretera semanal, un camino cansado cuyo recorrido, a pesar de todo, disfrutábamos.

La tarde que murió Emma, nos despedimos en el portal de mi casa. Me las arreglé para hacerle creer que tenía mucho trabajo y que por eso prefería quedarme en casa y aprovechar el tiempo. Lo normal solía ser acompañarla hasta el muelle y esperar a que se asomara a la cubierta del barco, a lanzar besos al aire, o hasta el aeropuerto, para darle el último abrazo justo antes de cruzar el control de seguridad, pero no lo hice y ella se marchó disgustada.

Aquel día se iba en barco, porque había traído su coche para cargar unos paquetes. En cuanto se alejó, llamé a un taxi: la había engañado para poder sorprenderla luego. Quería llegar antes que ella y lanzarle un Buenas tardes, señorita, su documentación, por favor. Me moría de ganas de oler de nuevo su cuello y decirle hasta el viernes al mismo tiempo que apuraría las excusas para que se quedara conmigo y se olvidara del mundo unos cuantos años. Sigo sin saber por qué, pero aquel día me apeteció atravesar la ciudad encogido en el asiento trasero de un taxi y aparecer delante de ella cuando ya no me esperara, como si algo me gritara que aquella despedida debía ser especial. Eran buenos tiempos.

Le dije al taxista que fuese lo más rápido que le permitiera la ley, que tenía un poco de prisa, y le di las indicaciones adecuadas para minimizar el riesgo de que ella pudiera verme antes de llegar, porque me aterrorizaba la idea de que se estropeara la sorpresa: elegí otro camino distinto al habitual, al que ella estaría haciendo en esos momentos. Mejor vayamos por aquí, le dije.

Justo antes de girar hacia la vía que debía llevarnos hasta el puerto, el taxista tomó la decisión de saltarse un semáforo en rojo, uno de esos semáforos en rojo que a muchos conductores les parecen menos prohibitivos solo porque se acaban de poner en rojo, uno de esos que se afrontan con el pedal del acelerador a fondo, como si el stop que los acompaña fuese en realidad la línea de meta.

Recuerdo que, segundos antes del choque, suspiré, aliviado, casi agradecido, porque aquel semáforo podría haber echado a perder mi plan. Yo salí ileso.

2 comentarios:

Bea dijo...

Qué duro. Me ha gustado mucho.

Linda dijo...

Que triste. A ella le hubiera encantado la sorpresa.

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