21 de enero de 2010

TU OLOR CONMIGO


¡Taxi! Estiro el brazo derecho y grito. Son las siete y veinte. Llego tarde al trabajo. Vengo de viaje. Una hora de barco. Se me escapó el de las cuatro. Cogí el de las seis. Llevo una maleta grande en la espalda y una bolsa con unas playeras nuevas en la mano izquierda. El taxi se acerca. Y yo me acuerdo de ti, de tu pelo negro y tus ojos grandes.

De camino he dormido un poco y aún estoy algo despistado. Por si no fuera suficiente, mi cabeza suele separarse de mi cuerpo con frecuencia desde que vi cómo tu coche se alejaba despacio anoche, con medio yo secuestrado, inmóvil, entre el asiento del copiloto y tus labios. Qué larga fue esa calle. Me haces mal, porque vivir no es sano. Me gusta complicarme. Qué bien hueles. No puedo dejar de escuchar todo lo que salía de mi boca interminable.

El día de hoy ha sido divertido. El anfitrión de mi colega y yo hemos comido tarde, con prisas, pero estaba rico. Y luego hemos cruzado la isla en moto, pero el barco no quiso esperar un poco más. Hubo emociones varias, como para contar alguna otra historia más elaborada. Guardias civiles desconfiando de nuestro aspecto de motoristas acelerados. Discusiones intensas con una empleada antipática para cancelar una tarjeta de embarque y emitir otra nueva. Gané yo.

Hicimos tiempo. Cortado largo. Fotos. Charlas sobre proyectos próximos. Conversación más profunda. Risas. Agua. Biodramina. Hasta que subí al barco, rumbo a casa. Esta vez no miré atrás. Sé que volveré pronto.

¡Taxi! Estiro el brazo derecho y grito. Son las siete y veinte. Llego tarde al trabajo. El taxi se acerca y yo me acuerdo de ti, de tu piel suave y tus labios largos. Abro la puerta. Subo. Meto las cosas. Me siento. Reconozco un olor. Sé que lo he olido hace poco y de cerca. Se mezcla con mis recuerdos más recientes, me los estimula. No es perfume de mujer, pero como si lo fuera.

¡Qué coño me pasa! Me lo grito mentalmente. Sin preguntármelo. ¡Estoy loco, joder! Sigo gritándome. Este coche huele como el de ella, no he tardado nada en darme cuenta, y no puede ser. Le digo al taxista adónde vamos y echo la cabeza hacia atrás. Miro al techo. Me llevo las manos a la cara, cierro los ojos, me estiro el pelo y suspiro. Venga, trabajo y después me cojo el barco de vuelta, me digo. Le daré una sorpresa. Pero no. Me acuerdo de su mano apretando la mía, de su agresividad sutil, de sus ganas implícitas y su prudencia valiente. Pero no.

Vuelvo al mundo real. Las cosas tienen una explicación. Incluso la pasión que encendimos. Incluso el freno que no apagamos. Y yo no paro hasta dar con ella. ¿Eso que huele es un ambientador? Sí, responde el taxista. Y enciende la luz, justo al parar ante un semáforo en rojo, para enseñármelo. Bingo. Ahí está. Es igual que el de ella. Hay que ver, qué cosas, pienso. Y sonrío aliviado. Este jodido olor tuyo se vino conmigo, maldita chica magnética. ¿Le importa si le hago una foto? No, no, me contesta el taxista.

Los venden en Mercadona, me dice, sin saber que se equivoca. Porque esto no se vende. Nada de esto puede comprarse en ningún sitio.

2 comentarios:

Laurita dijo...

No puedo dejar de mirar la foto! No es raro que coincida el ambientador en más de un coche, pero entiendo que la casualidad en el primer taxi que te montas al volver sí es llamativa!! ¡Y los olores y los recuerdos siempre van de la mano! Un beso, David!

eigual dijo...

Los olores no es olvidan... En tu caso, su olor se ha ido contigo. Si cieras los ojos, la respiras..

Un abrazo..

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